Crónica cultural

Los tambores que Melo no exporta

Una crónica sobre el candombe en el interior uruguayo, lejos del circuito turístico capitalino.

Manos sosteniendo tambores de candombe en una reunión al aire libre con luz cálida

Seis músicos, tres barrios, una pregunta sin respuesta fácil

En el barrio Centenario de Melo, cada jueves por la noche, cuatro hombres y dos mujeres se juntan alrededor de tambores de madera y cuero que ninguno de ellos fabricó. Los instrumentos tienen entre quince y cuarenta años y han pasado por dos o tres pares de manos antes de llegar a los actuales. La práctica que rodea esos instrumentos —el candombe, forma musical y danza de raíz africana declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 2009— se enseña sin manual y sin institución. Se aprende mirando, imitando, equivocándose en el momento justo. Lo que ocurre esos jueves en Centenario no aparece en ninguna guía turística del departamento de Cerro Largo. No hay cartel anunciando el ensayo, no hay entrada que comprar, no hay versión resumida para un visitante que tenga solo cuarenta minutos. Y eso, a juicio de varios de los participantes, es exactamente lo que le permite seguir siendo lo que es. «Cuando algo se vuelve espectáculo, deja de ser práctica», dice Nicanor Ferreira, 58 años, que toca el chico desde los doce. La pregunta que este artículo intenta explorar no es si el candombe de Melo debería hacerse más visible, sino qué se pierde y qué se conserva en la decisión de mantenerse lejos del circuito de visibilidad cultural que concentra Montevideo.

Interior y capital: dos velocidades del mismo río

El candombe montevideano lleva décadas siendo objeto de políticas culturales, registros documentales, festivales internacionales y tesis académicas. Esa atención ha producido resultados valiosos: hay archivos sonoros que de otro modo se habrían perdido, hay escuelas de candombe que funcionan en barrios donde la tradición familiar se rompió, hay jóvenes que aprendieron a tocar fuera del linaje directo gracias a talleres subsidiados. Pero esa misma atención ha generado fricciones. Algunos practicantes del interior —y varios académicos que trabajan fuera de Montevideo, como la investigadora Valeria Obispo de la Universidad de la República sede Tacuarembó— señalan que la institucionalización montevideana tiende a fijar el candombe en una forma canónica que no siempre coincide con las variantes regionales. En Melo, el tempo es distinto. No más lento ni más rápido: distinto. Los patrones rítmicos del bombo tienen acentuaciones que varios músicos locales atribuyen a influencias del chamamé y la milonga que cruzaron la frontera desde Brasil durante el siglo XX. Esa mezcla no tiene nombre propio todavía. Puede que nunca lo tenga, y puede que eso también sea parte de lo que la sostiene.